La celebración de los diez años de la Virgen del Carmen de 2 de Mayo, vivida este 15 y 16 de agosto, tuvo un poco de todo eso.
Y quizá por eso, más que escribir sobre la devoción a la Virgen —que, por supuesto, estuvo presente—, vale la pena escribir sobre algo que muchas veces pasa silenciosamente detrás de una fiesta: la amistad.
Porque, al final, la Virgen del Carmen nos ha reunido.
Nos ha juntado a todos los que, de una u otra manera, formamos parte de esta pequeña familia que es A Tus Pies Humilde. Y especialmente a quienes hemos terminado estando más cerca: Juan, John, Alexandra, Said, Silvana y tantos otros que, cada uno a su manera, hicieron que estos dos días fueran lo que fueron.
Una fiesta hecha por todos
Cada uno llegó a la celebración desde donde le tocaba.
Juan, por ejemplo, haciendo lo que mejor sabe hacer cuando hay una fiesta: meterse de lleno en la organización y terminar armado —literalmente— entre andamios. Y, cuando ya había que salir, aparecía el inevitable: “¿Juan, salimos?” de Said, que hace desesperar a cualquiera.
Said, viviendo su propia batalla contra el reloj y contra su ansiedad por la banda. Porque si algo caracteriza a Said es que puede estar todo aparentemente bajo control y, aun así, encontrar una razón para preocuparse cinco minutos antes. Pero ahí estábamos los demás, resolviendo sobre la marcha y sobreviviendo a su ansiedad.
John, con su famoso kabuki, que ese día decidió que iba a colaborar… pero tampoco demasiado. Porque cuando uno necesita que salga bastante gas y el kabuki tiene otros planes, toca improvisar.
Alexandra y Silvana, por su parte, demostrando que una celebración también puede convertirse en una pequeña expedición: corriendo de un lado a otro buscando brasa para encender los sahumadores.
Y yo, aportando mi propio momento de gloria: intentando subirme al anda y estando a punto de convertir una jardinera de madera en recuerdo histórico.
Diez años de la Virgen del Carmen, sí. Pero también diez años de nosotros haciendo estas cosas. Y quizá ahí está parte de la magia.
Porque una fiesta no se construye solamente con flores, música, incienso o una imagen. Se construye con personas. Con quienes cargan, quienes organizan, quienes corren, quienes esperan, quienes solucionan problemas y quienes, inevitablemente, terminan causando alguno.
La víspera: donde realmente empieza la fiesta
Y si el 16 fue la celebración, el 15 ya había comenzado algo mucho más importante: la víspera. Ahí aparecen esas cosas que probablemente nunca quedarán registradas en un programa oficial, pero que son justamente las que uno termina recordando.
Las bromas, las risas.
Las bromas pesadas —porque aparentemente una amistad verdadera se mide también por cuánto puedes molestar al otro sin que se vaya—.
Las conversaciones que empiezan hablando de la fiesta y terminan hablando de cualquier cosa.
Y, por supuesto, la chicha.
Una chicha que merece una mención especial porque estuvo realmente buenísima, preparada por la tía de Said, demostrando que algunas personas no necesitan cargar un anda para hacer una contribución fundamental a la celebración.
Y después, como suele ocurrir cuando uno está rodeado de amigos y ya pasó la parte más intensa del día, llegó ese momento sencillo que termina siendo uno de los más bonitos: compartir un chaufa todos juntos.
Sin protocolo, sin poses, sin necesidad de que estuviera pasando algo extraordinario. Simplemente nosotros, conversando, riendo, molestándonos y comiendo.
Y, como toda buena reunión, había que jalar a Panchito. Porque una celebración de esta magnitud, aparentemente, no podía continuar sin la presencia del popular Panchito.
Lo que realmente celebramos
Quizá eso sea lo más bonito de todo. Que la Virgen del Carmen no solamente nos convocó a celebrar diez años. También nos dio una excusa para volver a encontrarnos.
Cada uno tiene su propia historia, sus propias preocupaciones, sus propios caminos y sus propias responsabilidades. No siempre estamos juntos. No siempre tenemos tiempo. No siempre coincidimos.
Pero llega una fecha como esta y, de pronto, estamos nuevamente ahí. Uno armando andamios, otro desesperado por la banda, dos corriendo detrás de encender los sahumadores, otro intentando no destruir una jardinera, alguien renegando, otro riéndose, alguien contando una historia. Y todos, de alguna manera, alrededor de la misma imagen.
Quizá la amistad también sea eso: encontrarnos en medio del caos y sentir que estamos en casa.
Porque las fiestas pasan. Las flores se marchitan. La música termina. La comida se acaba. El anda vuelve a su lugar.
Pero las anécdotas quedan.
Y queda, sobre todo, la certeza de que hubo un momento en el que todos estuvimos juntos.
Diez años después
Diez años de la Virgen del Carmen de 2 de Mayo no solamente son diez años de una celebración.
Son también diez años de historias, de personas y de encuentros.
Y si algo nos ha enseñado esta fiesta es que la devoción puede tomar muchas formas. Puede estar en quien reza, en quien carga, en quien organiza, en quien prepara, en quien acompaña y también en quien simplemente está ahí.
Pero hay algo que atraviesa todo eso: la amistad.
Porque quizá ese sea uno de los regalos más bonitos que puede dejarnos una celebración como esta: recordar que, detrás de una imagen, detrás de una procesión y detrás de toda la organización, hay personas que se quieren, que se molestan, que se ayudan, que se desesperan juntas y que, al final del día, se sientan a compartir un chaufa.
Y mientras existan esas ganas de encontrarnos, de reírnos y de estar juntos, siempre habrá algo que celebrar.
Gracias, Virgen del Carmen, por estos diez años. Por reunirnos, por permitirnos vivir la fiesta. Y, sobre todo, por darnos tantas excusas para seguir siendo amigos.
Porque al final, quizá eso también sea estar “A Tus Pies Humilde”: caminar juntos, reír juntos y volver a encontrarnos una y otra vez.
¡Que viva la Virgen del Tránsito, digo, del Carmen!
(Entenderán mi broma solo los de atph, los tqm)
