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¿La procesión en vivo?

Hay una imagen que resume perfectamente cómo estamos viviendo nuestras devociones, y no, no es la imagen del Señor ni de la Virgen, sino es la de cientos de brazos levantados sosteniendo celulares.

Martin NuñezMartin Nuñez
27 de julio de 20264 min lectura
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¿La procesión en vivo?

Curiosamente, esta fotografía fue tomada durante una procesión. Aunque, si alguien la viera fuera de contexto, probablemente pensaría que se trataba del concierto de Bad Bunny. Y esa es, precisamente, la reflexión.

Porque, sin darnos cuenta, estamos dejando de contemplar para empezar a registrar. La imagen apenas asoma por la puerta del templo y pareciera activarse un reflejo involuntario. No hacemos la señal de la cruz. No levantamos la mirada. No guardamos silencio: sacamos el celular.

Es casi litúrgico: Desbloquear -> abrir la cámara -> Grabar.

Amén.

Y no, esta no es una cruzada contra la tecnología. Sería absurdo. Gracias a los celulares, una persona enferma puede acompañar una procesión desde la cama de un hospital. Un foráneo puede volver, aunque sea por unos minutos, a la fiesta de su pueblo (yo por ejemplo, que me ando perdiendo procesiones de Huacho desde que vivo en Lima). Un anciano puede emocionarse viendo pasar la imagen que ya no puede seguir caminando.

El problema no es grabar, el problema es cuando grabar reemplaza vivir. Porque seamos honestos: ¿Cuántos de esos videos volveremos a ver?

Ahí están. Cientos de archivos ocupando memoria. Videos de dos minutos que sobrevivieron al entusiasmo del momento y murieron en la galería del celular (o de google fotos), donde descansan junto al screenshot de un meme y la foto borrosa de un recibo de luz o del DNI.

Documentamos todo pero recordamos muy poco.

Y si eso nos pasa como fieles, también nos pasa (y quizá con mayor intensidad) a quienes administramos portales religiosos. Sí, nosotros también.

Porque sería muy cómodo escribir este artículo señalando con el dedo… mientras sostenemos una cámara con la otra.

Los portales religiosos nacieron para acercar la fe a quienes no podían vivirla presencialmente. Esa sigue siendo una misión hermosa y necesaria. Pero, aceptémoslo, en algunos casos el algoritmo empezó a dirigir más que el Evangelio.

Ya no basta con transmitir. Ahora hay que tener la mejor transmisión, la salida exclusiva, el plano que nadie consiguió, la foto que todos compartirán, el reel que explotará en reproducciones. Y entonces empiezan escenas que, si no ocurrieran en una iglesia, darían risa.

Portales religiosos peleándose por el mejor espacio: Empujones discretos (o no tan discretos) para ganar un metro de ventaja. Codazos “fraternos”. Trípodes plantados donde buenamente quepan. Cámaras delante de niños que llevan diez minutos esperando ver salir la imagen. Personas mayores que terminan viendo la procesión… a través de la pantalla del camarógrafo que se les puso delante.

A veces pareciera que algunos olvidamos un pequeño detalle. No somos parte del espectáculo. No hay una premiación al “Mejor Plano Procesional del Año”. No existe un Óscar a la “Mejor Salida en Cámara Lenta”, y sin embargo, actuamos como si lo hubiera.

Lo más irónico es que mientras competimos por registrar la mejor imagen del Señor… terminamos olvidando lo que el Señor vino a enseñarnos.

Porque cuesta hablar de humildad mientras discutimos por un lugar frente al anda. Cuesta hablar de caridad cuando respondemos con un empujón porque “me tapaste la toma”. Cuesta hablar de recogimiento cuando pasamos media procesión pendientes del porcentaje de batería. Y no pensemos que la responsabilidad es únicamente de quienes llevamos una cámara.

La fiebre del celular ya alcanzó a todos. Está el que levanta el teléfono durante veinte minutos seguidos y termina viendo la procesión en una pantalla de seis pulgadas, aunque la imagen haya pasado a menos de tres metros de él. Está el que hace una videollamada para que otro “también vea”, bloqueándole la vista a veinte personas. Está el que graba absolutamente todo… mientras olvida rezar una sola vez.

Y está el que, cuando finalmente guarda el celular, descubre que la procesión ya terminó.

Qué paradoja. Nunca habíamos tenido tantas formas de registrar una manifestación de fe y quizá nunca nos había costado tanto simplemente contemplarla.

Tal vez necesitamos recordar que las procesiones no son un podcast. Que las imágenes no salen para alimentar nuestras redes sociales. Que el anda no avanza para que consigamos una fotografía épica. Que el incienso no se quema para darle atmósfera al video. Todo eso tiene un destinatario mucho más importante: nuestra alma.

Así que la próxima vez hagamos un pequeño experimento. Tomemos una fotografía. Grabemos unos segundos. Y luego bajemos el celular.

Porque puede que la mejor imagen de esa procesión nunca quede guardada en la memoria del teléfono. Puede que quede, simplemente, en la memoria del corazón. Y esa, curiosamente, sigue teniendo mucha mejor resolución que cualquier cámara.