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FSSPX: Te agradezco, pero no

Hace unos días publicábamos un artículo preguntándonos si la Fraternidad Sacerdotal San Pío X estaba a punto de reeditar uno de los capítulos más dolorosos de la historia reciente de la Iglesia. Lamentablemente, la respuesta ya no es una hipótesis: lo hicieron.

Martin NuñezMartin Nuñez
01 de julio de 20265 min lectura
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FSSPX: Te agradezco, pero no

Lo más curioso de todo lo que viene ocurriendo es que el guión fue tan fiel al original que por momentos uno pensaba que estaba viendo un remake de lo vivido en el 88 pero ya no en blanco y negro.

León XIV todavía intentó evitar el choque

Quienes esperaban un Papa que simplemente levantara el teléfono para lanzar amenazas se llevaron una sorpresa: León XIV optó por otro camino.

Envió una carta personal al Superior General de la Fraternidad, Davide Pagliarani, apelando no solo a la obediencia, sino también a aquello que los mismos lefebvristas dicen defender: la unidad de la Iglesia. La carta fue todo menos agresiva. Reconocía el amor por la liturgia tradicional, el trabajo apostólico de la Fraternidad y su deseo —al menos declarado— de servir a Cristo.

Pero también contenía una petición clarísima. No consagren nuevos obispos. No vuelvan a abrir una herida que todavía no termina de cicatrizar.

Era, probablemente, la última oportunidad para demostrar que aquello de “somos católicos, solo tenemos diferencias” podía sostenerse con hechos y no únicamente con comunicados.

La respuesta: una obra maestra del “sí, pero no”

La contestación de Pagliarani merece estudiarse en las facultades de diplomacia. Empieza agradeciendo. Continúa mostrando respeto. Habla del Santo Padre con deferencia. Y termina diciendo, en esencia:

“Gracias por escribirnos… procederemos exactamente como habíamos planeado.”

La Fraternidad insiste en que reconoce al Papa. Insiste en que no desea un cisma. Insiste en que ama a la Iglesia. Solo hay un pequeño detalle: cuando el Papa, ejerciendo precisamente esa autoridad que dicen reconocer, les ordenó no realizar las consagraciones decidieron que su propio juicio pesaba más.

Es una forma bastante peculiar de entender la obediencia. Es como decirle al árbitro que se reconoce plenamente su autoridad… mientras se sigue jugando con otro reglamento porque “este nos gusta más”.

El viejo argumento con pintura nueva

La justificación tampoco cambió demasiado desde 1988. La Iglesia vive una crisis. Roma necesita volver a la Tradición. Existe un “estado de necesidad”. Por eso —afirman— las consagraciones serían no solo legítimas, sino necesarias. Aquí aparece el verdadero problema. No estamos discutiendo si el Novus Ordo debe celebrarse mirando al pueblo o al altar. No estamos hablando de latín, gregoriano o sotanas. Estamos hablando de quién tiene la última palabra.

Porque si cada obispo, sacerdote o comunidad puede concluir que existe una emergencia suficiente para desobedecer expresamente al Romano Pontífice entonces la autoridad del Papa deja de ser el principio visible de unidad y pasa a convertirse en una sugerencia con asterisco.

Y llegó el estreno

El hoy, 1 de julio, finalmente ocurrió. Las cuatro consagraciones episcopales se celebraron en Écône. Sin mandato pontificio. Exactamente aquello que León XIV había pedido que no sucediera. No hubo un cambio de opinión de último momento. No hubo una llamada providencial. No hubo un “hemos decidido esperar”. Simplemente siguieron adelante.

Porque, al parecer, cuando uno está convencido de salvar a la Iglesia… hasta la Iglesia termina pareciendo un obstáculo.

“No somos cismáticos”

Después de cada episodio similar suele aparecer la misma frase.

“No somos cismáticos.”

Y probablemente muchos miembros de la Fraternidad la pronuncien con absoluta sinceridad. Pero aquí conviene distinguir entre la intención subjetiva y los hechos objetivos. Nadie duda de que muchos fieles de la FSSPX aman profundamente la fe católica. El problema nunca ha sido ese. El problema aparece cuando el Sucesor de Pedro dice “no” y la respuesta institucional es “gracias, pero sí.” Porque un cisma no comienza necesariamente con alguien gritando “¡ya no reconozco al Papa!”. A veces empieza con algo mucho más elegante. Mucho más educado. Mucho más diplomático. Empieza cuando la obediencia deja de depender del cargo de Pedro y comienza a depender de si Pedro coincide con mi interpretación de la Tradición.

El elefante en la sacristía

Resulta curioso observar cómo algunos sectores tradicionalistas critican —con razón— el subjetivismo doctrinal de quienes reinterpretan la moral, la liturgia o los sacramentos. Sin embargo, terminan aplicando exactamente el mismo método a la autoridad. Cambian el criterio. No el mecanismo.

Unos dicen:

“Acepto la enseñanza de la Iglesia… salvo cuando contradice mi conciencia.”

Otros parecen decir:

“Acepto la autoridad del Papa… salvo cuando contradice mi lectura de la Tradición.”

El resultado práctico termina siendo sorprendentemente parecido.

¿Y ahora qué?

La pelota vuelve al tejado de Roma. Habrá que esperar las decisiones canónicas que adopte León XIV y la Santa Sede. Pero hay algo que ya no admite discusión. Las consagraciones se realizaron. La petición expresa del Papa fue ignorada y la fractura, que durante años muchos insistieron en describir como una simple “situación irregular”, acaba de hacerse bastante más difícil de maquillar.

Hay quienes aman tanto los clásicos que no pueden evitar volver a ellos. Disney hace live actions. Hollywood recicla franquicias. Y la Fraternidad San Pío X, por lo visto, decidió reeditar 1988.

Solo que esta vez no podrán decir que nadie les advirtió cómo terminaba la película. Porque el Papa les entregó el libreto. Ellos prefirieron filmar otro final. Y, paradójicamente, terminó siendo exactamente el mismo.