La FSSPX anunció que consagrará cuatro nuevos obispos sin el mandato del Santo Padre. Y si les suena familiar, esto ya ocurrió en 1988. Y, por lo visto, la historia se repite.
¿Por qué el caos?
En la Iglesia Católica un obispo no aparece por votación promovida por la ONPE -no tendríamos obispos por su lentitud- ni por elección en una encuesta de WhatsApp. La comunión con el Papa es un elemento esencial del episcopado, y por eso toda consagración episcopal requiere su mandato.
La Santa Sede ha advertido que seguir adelante con estas ordenaciones supondría una grave ruptura de la comunión eclesial y podría traer importantes consecuencias canónicas.
La FSSPX, en cambio, sostiene que actúa por un “estado de necesidad”. El argumento tampoco es nuevo: fue prácticamente el mismo que utilizó Mons. Marcel Lefebvre hace casi cuatro décadas.
Déjà Vu…
Para entender este nuevo episodio hay que viajar al Concilio Vaticano II (1962-1965). Las reformas impulsadas por el Concilio —especialmente en la liturgia, el ecumenismo y la relación de la Iglesia con el mundo moderno— fueron recibidas con entusiasmo por unos… y con algo de recelo por otros.
Entre estos últimos estaba Mons. Marcel Lefebvre, quien fundó la FSSPX en 1970 con el propósito de conservar la formación sacerdotal y la liturgia tradicional.
Las diferencias doctrinales y disciplinares con la reforma conciliar fueron creciendo hasta que, en 1988, Lefebvre decidió consagrar cuatro obispos sin autorización de San Juan Pablo II. El resultado fue un acto declarado cismático y una herida que, casi cuarenta años después, sigue sin cicatrizar del todo.
¿Están en cisma?
Aquí viene el detalle que suele perderse en los titulares.
La Santa Sede no suele describir hoy a la FSSPX simplemente como “cismática”. Su situación canónica es irregular: sus sacerdotes celebran válidamente la Eucaristía y, por concesión de la Santa Sede, pueden administrar válidamente algunos sacramentos, pero la Fraternidad no está en plena comunión jurídica con la Iglesia.
En otras palabras: la puerta nunca se cerró… pero tampoco terminó de abrirse.
¿Y ahora qué?
Si las nuevas consagraciones se realizan, la tensión con Roma volverá a aumentar y podrían imponerse nuevas sanciones canónicas.
La Iglesia ha superado crisis mucho peores. Lo que cuesta entender es la necesidad de hacer un live action de una historia cuyo final nadie aplaudió. Y si Disney nos enseñó algo, es que no todos los clásicos necesitan una nueva versión…
