Todo empezó con tres huachanos —Juan, Ale y quien escribe— creyendo que iban a acompañar un encuentro carmelitano. Lo que no sabíamos era que terminaríamos haciendo un tour por media Lima detrás de una Virgen, desayunando, almorzando, persiguiendo procesiones, durmiéndonos en un taxi, casi siendo atropellados por un bus y, de regalo, cargando un anda cuando menos lo esperábamos.
Llegamos alrededor de las diez de la mañana. Técnicamente, tarde. El encuentro ya se había realizado. Desde Breña había llegado la Virgen del Carmen; desde Jesús María, San José y la Virgen del Carmen; y desde Barrios Altos, la imagen titular de la Santísima Virgen del Carmen, acompañada por San Juan de la Cruz, que este año conmemora los 300 años de su canonización y los 100 años de su proclamación como Doctor de la Iglesia.
Pero alcanzamos la Santa Misa, que al final era lo verdaderamente importante.
Terminada la celebración hicimos lo que cualquier peregrino responsable haría: buscar desayuno. Y ahí apareció uno de los personajes inolvidables del día: la señora del puesto de jugos.
El jugo de fresa con leche… muy bueno. De esos que justifican completamente haberse levantado temprano. El problema vino al pagar. La señora hizo la cuenta, la volvió a hacer, la corrigió y la volvió a corregir.
Y ahí entendimos todo. Ale y yo comimos pan y creo que eso le descuadró completamente el sistema, me quería chantar dos panes cuando comí uno jajaja. La pobre señora entró en un bucle matemático del que casi no sale. Nosotros ya no sabíamos si pagar, esperar o ayudarla a cuadrar caja. Al final todo salió bien… creo.
Con el desayuno resuelto volvimos al encuentro de las imágenes.
La Camucha de Jesús María… qué cosa tan hermosa. De verdad, una delicadeza impresionante. Y San José decidió recordarnos que la santidad también pesa. Su anda pertenece al Señor de los Milagros y eso se notaba perfectamente en los hombros de sus cargadores. Bastaba verles la cara para entender que la devoción también se mide en litros de sudor.
Mientras la Camucha de Barrios Altos seguía avanzando, nosotros acompañamos a la gente de Jesús María de regreso a su templo. Después chapamos un micro por la avenida Brasil para volver a darle alcance. Y ahí me dio risa un detalle.
Mientras la Virgen iba a hombros, deteniéndose en cada homenaje, saludando a la gente y avanzando al ritmo de sus cargadores, San Juan de la Cruz parecía haber dicho: “Hijitos, voy avanzando, yo los espero más allá.” Su anda iba cómodamente sobre un vehículo y llevaba varios metros de ventaja. No sabemos si era por sus 300 años de canonización o porque los Doctores de la Iglesia también saben optimizar tiempos, pero el santo iba claramente apurado.
Llegamos al Hospital del Niño, donde la esperaba el Señor de los Milagros de Breña. Desde un puente peatonal la vimos pasar prácticamente debajo de nosotros. Qué vista más bonita. Desde arriba uno aprecia detalles que desde la calle no alcanza a ver. Y sí, lo digo sin vergüenza: la Camucha de Barrios Altos es una muñequita. De esas imágenes que uno mira y piensa: “¿Cómo puede ser tan bonita?”. Los que somos medio enfermitos por las procesiones entenderán perfectamente de qué estoy hablando.
Seguimos caminando hasta la Plaza Bolognesi. Ahí chapamos un taxi rumbo al mercadito que está detrás de las Nazarenas y ocurrió uno de esos milagros modernos: los tres nos quedamos cómodamente dormidos. No fue un sueño largo, pero fue de esos diez minutos que te reinician el windows, sobre todo en medio del pesado tráfico limeño.
Llegamos con un hambre considerable. Pedí un adobo de pollo con sopa de sémola. La terminé. Todo muy rico, pero me dió ganas de… otra sopa. No me arrepiento absolutamente de nada. Estaba buenaza.
Cargamos los celulares y nos fuimos a hacer lo que cualquier obsesionado con las imágenes religiosas haría: recorrer Huancavelica mirando vitrinas.
Grave error. O gran acierto, depende del bolsillo.
Juan entró en una lucha espiritual bastante seria.
—La compro (una imagen del Divino Niño).
Cinco minutos después:
—No, mejor no.
Otros cinco minutos:
—Oye… pero sí está bonito.
Al final salimos exactamente igual que entramos: Él con su plata. Y nosotros muertos de risa.
Eso sí, hubo una compra que sí valió completamente la pena: el famoso ChocoCarmen. Hermano… Qué cosa tan buena.
Si en el cielo venden chocolates, probablemente sepan así. Y técnicamente tampoco estamos exagerando mucho porque, literalmente, lo preparan las hermanas carmelitas.
La Virgen llegó hasta la avenida Tacna, donde salió a recibirla Nuestra Señora de los Remedios. Como debía regresar rápidamente a su templo, decidimos acompañarla.
Y ahí nos dimos cuenta de que no llevaba banda.
Como nadie parecía dispuesto a ponerle música… Juan y yo, ni sonsos ni perezosos, empezamos a tararear marchas. El problema fue que, en vez de marchas procesionales, nos salieron marchas militares. Aquello ya no parecía una procesión, parecía un paso de carretera en La Legua jaja.
Y detrás de nosotros venía un bus de la Línea C del Metropolitano con unas ganas impresionantes de avanzar. Estoy convencido de que el chofer ya estaba negociando mentalmente con la Virgen:
“Mamita… con todo respeto… ¿podemos apurarnos un poquito?”
Y entonces pasó algo que ninguno esperaba. De la nada. Literalmente de la nada.
—¿Quieren cargar?
Con Juan nos miramos un segundo.
Uno.
Esa es una de esas preguntas cuya respuesta siempre es sí.
Ahí estábamos, vestidos de civil, sin hábito, sin medallas, sin absolutamente nada que nos distinguiera de cualquier otra persona. Y, aun así, nos invitaron a cargar por unos instantes a la Virgen de los Remedios.
Llámenlo casualidad si quieren, yo prefiero llamarlo cariño de Madre.
Ya dentro del templo, el padre hizo una pequeña reflexión sobre el Espíritu Santo. La intención era muy buena, pero mientras hablaba hizo un gesto bastante curioso con la mano para intentar explicarlo. Creo que varios nos miramos con cara de: “¿Entendiste?” Y la respuesta silenciosa fue unánime: “No.” Hay catequesis que iluminan… y otras que te dejan material para conversar de regreso a casa.
Volvimos entonces con la Camucha y la avenida Tacna ya era un espectáculo. Tránsito completamente paralizado en ambos sentidos, claxon por todos lados y los Auténticos del Callao poniendo el verdadero orden con sus marchas.
Y por si todo eso fuera poco…
la Virgen decidió detenerse justo frente a toda la fila de carros. No pude evitar reírme. Después de todo, ella es la Alcaldesa Perpetua de Lima. Y una Alcaldesa Perpetua… hace lo que quiere.
El momento más bonito llegó cuando ingresó a las Nazarenas para visitar a su Hijo, el Señor de los Milagros. Y ahí sí se acabó la chacota por un ratito. Porque ver a la Mamita entrar a visitar a su Hijo… hermano… eso ya es otra cosa. Hay momentos en los que uno simplemente guarda el celular, deja de tomar fotos y disfruta.
Ya para entonces el cansancio empezaba a pasar factura. Juan y Ale emprendieron el regreso a Huacho y yo todavía acompañé un tramo más, hasta que la Virgen volvió a subir a su vehículo para regresar a Barrios Altos. Ahí decidí despedirme. No porque quisiera. Sino porque mis piernas ya habían presentado oficialmente su carta de renuncia. Y mientras regresaba a casa me di cuenta de algo:
Nosotros pasamos todo el día diciendo que íbamos detrás de la Virgen. Pero, pensándolo bien… nunca fuimos nosotros quienes la seguimos. Era ella la que nos iba llevando.
- Nos llevó al puente justo cuando pasaba.
- Nos llevó a esa sopa inolvidable.
- Nos llevó a comer el ChocoCarmen.
- Nos llevó a reírnos hasta dolernos la barriga.
- Nos llevó a cargarla cuando ni siquiera lo habíamos imaginado.
- Y nos llevó de regreso a casa con el corazón mucho más lleno que las piernas de cansancio.
Así es ella.
Uno cree que sale a acompañar una procesión… y termina descubriendo que era la Virgen la que llevaba todo el día cuidando de uno.
Hermoso día.
