Más de uno hemos escuchado decir: “Comer pescado en Semana Santa no te hace santo” o “dejar de comer carne no te hace mejor persona”. Y sí, tienen razón. Si fuera así, los pescadores ya estarían canonizados, los vendedores de ceviche serían sacerdotes y comer carne sería pecado… ni modo.
Pero tampoco se trata de eso. No es que el Señor te mire el Viernes Santo y, por comer tu pollito a la brasa, te condenes automáticamente a la perdición eterna… ¿o si?.
Vamos por partes…
La Iglesia SÍ te pide ayuno y abstinencia, especialmente en dos fechas muy importantes del calendario litúrgico: Miércoles de Ceniza y Viernes Santo (cf. CDC can. 1251–1252*). No como un capricho, sino como algo mucho más grande y enriquecedor: penitencia. No es una sugerencia opcional, sino parte de los mandamientos de la Iglesia, como un camino concreto de conversión.
Jesús incluso da por hecho que ayunaremos: “cuando ayunen”, no dijo “por si un día te animas a hacerlo” (Mt 6,16).
Pero entonces, ¿qué es ayunar? Y, desde ya lo descarto por si lo pensaste: no es hacer dieta, ni siquiera la intermitente; porque, si estás pensando en eso, créeme: no entendimos nada.
El ayuno, en esencia, es privarse parcial o totalmente de consumir alimentos. Pero, si te quedas solo con esa definición, te quedas en lo superficial. El ayuno cristiano no es solo dejar de comer, es aprender a decir “no”: no al impulso, no al capricho, no a esa vocecita interna que siempre quiere más. En otras palabras, es entrenamiento espiritual, casi como ir al gym, pero para el alma.
Y aquí viene lo incómodo. Si no puedes dejar algo tan básico como la comida por un momento concreto… ¿qué te hace pensar que puedes dejar el orgullo, el rencor o el pecado cuando quieras?
Exacto. El problema nunca fue el pollo, la carne o el pescado; somos nosotros.
Ahora bien, la abstinencia (no comer carne) tampoco es un simple “cambio de menú”. No es: “hoy no hay carne, toca su pescadito, su cevichito y listo”. Es un signo visible de algo invisible: renuncia y autocontrol.
Es decirle al cuerpo: “hoy no todo gira en torno a ti”, y es decirle a Dios: “quiero ordenar mi vida, aunque sea empezando por algo pequeño”. Porque de eso se trata la penitencia cristiana: no de aparentar, sino de transformarse.
Y aquí entra otro punto clave que muchos omiten (convenientemente): el ayuno no va solo. Siempre ha ido acompañado de otras dos prácticas fundamentales: oración y caridad. Porque, si ayunas pero no rezas, estás haciendo dieta; y si ayunas pero no ayudas, te quedas en el ego. Así de simple.
Por eso, el verdadero problema no es que alguien diga: “eso no te hace mejor persona”. El problema es cuando usamos esa frase como excusa para no hacer nada. Porque es más fácil criticar la práctica que practicarla.
Y ojo, tampoco se trata de cumplir por cumplir. No es: “ya, no comí carne, soy buena persona, listo hasta la próxima Semana Santa”. No. Se trata de que ese pequeño acto tenga sentido, dirección y coherencia: no solo forma, también fondo.
Especialmente en el Viernes Santo, donde no estamos celebrando cualquier cosa, sino contemplando la entrega total de Cristo en la cruz. Mientras Él se entrega completamente, nosotros hacemos un gesto pequeño para unirnos a Él.
Basado en todo lo anterior: comer pescado no te hace santo. Abstenerte de carne o ayunar no te convierte automáticamente en mejor persona. Pero vivir sin disciplina, sin renuncia, sin obediencia… tampoco te está llevando muy lejos.
Al final, la pregunta no es qué estás comiendo ese día. La pregunta es: ¿qué estás dispuesto a dejar para amar mejor?
Porque, si al final del Viernes Santo solo cambiaste el plato y no el corazón, entonces sí… no entendimos nada.
*CDC: Código de Derecho Canónico
